FELIZ NAVIDAD.
XXXII Premio UNED de Narración Breve 2021 (Finalista)

La policía nos detuvo en un control rutinario la noche de Navidad. Mi compañero, El Tuerto, iba sentado a mi lado con un revólver escondido bajo el asiento. La pareja de niños que había en la parte trasera del coche secó sus lágrimas al contemplar el gesto amenazante que les dedicó mi copiloto.
—Buenas noches, caballero. ¿Sabe por qué le he parado?
No será por tener a dos niños secuestrados, señor agente, pensé.
—No, no. ¿Iba demasiado de prisa?
—Documentación, por favor.
—Claro, señor agente, claro —dije dándole un codazo al Tuerto para que buscase en la guantera.
—¿Es que no la encuentran?
Es difícil encontrar la documentación en un coche robado, señor agente, debería haberle dicho, pero en lugar de eso le dije:
—Sí, claro. Verá usted, es que el coche es de mi suegro.
El Tuerto me pasó unos papeles que había encontrado y se los entregué al policía.
—De su suegro, ya —miró hacia los asientos traseros—. ¿Son sus hijos?
—Sí. No hablan mucho —me giré hacia ellos haciéndoles callar con la mirada.
— ¿Puede abrir el maletero?
No puedo abrir el maletero porque llevamos un cadáver, señor agente.
—Verá, agente, es que no encuentro el botón…
—Abra el maletero, por favor.

Aquella noche se nos había complicado más de la cuenta.
—¡Ni se te ocurra, joder! —le grité al Tuerto.
—¿A ti qué cojones te importa?
—¡Joder, no hemos venido a matarlo!
El Tuerto sujetaba al hombre por los pelos, arrodillado en mitad del salón. El hombre tenía la cara y la camisa ensangrentadas.
—¡Y vosotros, callaos de una puta vez o os juro que le reviento la puta cabeza a vuestro puto padre!
“Vosotros” eran sus dos hijos pequeños, de siete y nueve años, a los que yo estaba maniatando en el sofá. Lo sabía porque a diferencia del Tuerto, yo sí me informaba de los trabajos que íbamos a hacer. El malnacido que estaba arrodillado frente al Tuerto era un empresario de renombre de la ciudad, que había tocado los cojones a la gente equivocada. Y la gente equivocada se puso en contacto con la gente adecuada: es decir, nosotros. El trabajo era sencillo. Solo teníamos que entrar en su casa, amenazarlo un par de veces con matar a sus hijos y nos daría lo que buscábamos. Pero no. El puto Tuerto siempre tenía que complicarlo todo.
—Decidme qué queréis… ¡solo decídmelo y os lo daré! ¿Queréis dinero? ¡Tengo dinero! Pero por lo que más queráis, no hagáis daño a mis…
Agradecí que la culata del revólver del Tuerto interrumpiese su discurso. El Tuerto pareció darse cuenta de mi alivio.
—Ah, ¿esta sí te ha gustado? —me increpó con su único ojo.
Terminé de anudar las muñecas de los niños, amordazándolos con la camiseta de uno de ellos que rasgué como el que hace trapos. Los gritos del Tuerto a pocos centímetros de la cara del padre provocaron que uno de los niños se orinase encima.
—Joder… —di un paso atrás para poner distancia.
Me puse en pie y me acerqué hacia el Tuerto y el hombre. Me agaché junto a él y sus amoratados ojos me devolvieron una mirada de súplica totalmente ineficaz dada mi experiencia en el sector. Eran ya muchos años dedicándome a esto, y una mirada triste no iba a hacer que perdiese profesionalidad. Le levanté la cabeza agarrándolo por los pelos para que me mirase fijamente a los ojos tras el pasamontañas.
—Verás, gilipollas, la cosa es sencilla.
El tipo temblaba mientras trataba de ganar tiempo.
—Os estáis equivocando de persona…
Venga, ¿de verdad? Nosotros nunca no nos equivocábamos de persona.
—¿Quieres ver morir a tus hijos?
—Por favor, no les hagáis da…
La culata del revólver del Tuerto volvió a impactar en su rostro. Los niños gemían desde el sofá como corderos entrando al matadero.
—Ya sabes lo que queremos —le susurré al oído—. Danos la contraseña y te dejaremos en paz.
—Por favor, no sé na… —culata de nuevo.
El Tuerto parecía haber tenido suficiente y se agachó junto a nosotros para zarandear al tipo por la solapa de la camisa y amenazarlo a pocos centímetros de su cara.
Ese tío no sabía quién era el Tuerto. Pero se iba a dar cuenta en unos minutos si no nos daba la información.

El Tuerto era un asesino de poca monta de la ciudad al que todo el mundo temía por su afición a la sangre. A ese hijo de puta le gustaba asesinar a la antigua, con cuchillo: le encantaba notar el calor de la sangre en sus manos. Era un cabrón despiadado y cruel que no dudaba en matar por puro placer. La enorme cicatriz que cruzaba su cara desde la ceja derecha hasta más allá del pómulo parecía ser la causante de su apodo, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. Corrían todo tipo de rumores sobre él: unos decían que lo abandonaron cuando era un niño y que perdió el ojo defendiéndose de un mendigo que intentó matarlo cuando apenas tenía doce años; otros, que sufrió abusos de un empleado público de alto rango cuando estaba en hogares de acogida y otros, decían que era un ex militar al que capturaron en algún país de Oriente Medio y torturaron durante meses. Cualquiera de las opciones era válida para explicar sus numerosas taras. Yo lo conocí en mitad de un trabajo hacía unos años y desde entonces habíamos hecho algunos encargos juntos. Recuerdo una vez en la que tuvimos que ir a casa de unos yonkis a recuperar un par de kilos de polvo. Le dimos una patada a la puerta y nos encontramos una escena dantesca. Los dos yonkis que no habían tenido una mejor idea que robar dos kilos de cocaína a un grupo de paramilitares de Europa del este, se estaban dando el homenaje de sus vidas rodeados de prostitutas con la nariz blanca y botellas de whisky barato. Cuando les dijimos que nos entregasen la cocaína se echaron a reír: ya no les quedaba nada. Las putas y los yonkis reían a carcajadas con sus narices empolvadas y sus vasos en alto. No me dio tiempo siquiera a sacar mi revólver. El Tuerto se abalanzó sobre uno de ellos y sacó su cuchillo de caza. ¿Habéis visto el Guernica?
El sonido del televisor hizo volver mi mente al salón.
—El otro gran problema y reto es la crisis económica y evitar, sobre todo, que derive en una crisis social. Cada persona importa y mucho. Por tanto, las personas y las familias deben ser nuestra preocupación fundamental. Especialmente nuestros jóvenes; su nivel de desempleo es altísimo, y no pueden ser los perdedores de esta situación…
Uno de los niños había apoyado su trasero sobre el mando a distancia. El Rey estaba dando su discurso de Navidad en prime time, colándose por la ventana en millones de hogares e hizo aparición en nuestra particular celebración.
—¡Apagad eso! — rugió el Tuerto mientras sacudía al empresario.
El Tuerto odiaba profundamente la monarquía y gritaba haciendo aspavientos con sus manos (en una de ellas su revólver) mientras todavía sujetaba por las solapas al padre.
—¡Mmmm! —gemían los niños.
—¡Que apaguéis la puta televisión o os juro que me lo cargo!
—Tranquilo, ¡joder! —dije tratando de calmarlo.
Los niños seguían llorando y suponía que gritando tras las mordazas, revolviéndose en el sofá y tratando en vano de accionar el mando a distancia con las nalgas para apagar la televisión, mientras el Tuerto se ponía cada vez más y más nervioso. Y el Tuerto y nervios no era una buena combinación. Me levanté y cogí a los dos niños del brazo y los arrastré fuera del salón. Los empujé dentro de la habitación del servicio, al lado de la entrada y cerré con llave. Sonó un disparo. ¡Bang! Corrí al salón. Los sesos del empresario manchaban la moqueta blanca de rojo oscuro y todo estaba en silencio, excepto la televisión:
—No somos un pueblo que se rinda o que se resigne en los malos tiempos. No va a ser nada fácil superar esta situación, y en cada casa lo sabéis bien. Pero yo estoy seguro de que vamos a salir adelante. Con esfuerzo, unión y solidaridad…
—¿Qué cojones has hecho?
—Ha sido sin querer —dijo el Tuerto abriendo las palmas de sus manos hacia fuera.
—¿Sin querer?
—¡La puta televisión! ¡Me ha puesto nervioso!
—¿Qué cojones tiene que ver la puta televisión? ¡Lo has matado, joder!
—¡Sabes que odio al Rey!
—¿Qué cojones vamos a hacer ahora?
—Tranquilo, haremos como si no hubiese pasado nada.
—¿Qué?
—Limpiaré esto.
El Tuerto sacó un pañuelo de tela de su bolsillo y se dispuso a limpiar la sangre roja de la moqueta blanca impoluta.
—¿No ves que lo estás empeorando?
El Tuerto esparcía el color rojo sobre el lienzo blanco con energía como un pintor modernista. Y había tanta sangre que con cada ir y venir de su brazo manchaba también el resto de objetos del salón: desde el sofá hasta los muebles blancos que había alrededor del cuerpo. Finalmente, pareció darse cuenta de lo absurdo de sus intentos y me miró con su único ojo.
—Vámonos de aquí.
—Sí —suspiré con resignación—. Vámonos.
—¿Qué hacemos con los niños?
—Dímelo tú, que eres el que ha jodido todo.
—Nos los llevamos.
—¿Para qué vamos a llevarnos a los putos niños? Ellos no saben la jodida contraseña.
—Ellos no. Pero su abuelo seguro que sí.
—Eso es la primera cosa con sentido que has dicho en toda la noche. Está bien. Tú mete el cuerpo en el maletero. Yo cojo a los niños y los meto en los asientos traseros y salimos de aquí de una puta vez.

Todo fue bien hasta que nos paró la policía.
—Abra el maletero, por favor —repitió el agente.
—Verá, agente…
—¡El maletero!
Bajé el tonto de voz y le hice un gesto para que se aproximase:
—Disculpe agente… —baje todavía más el tono de voz— el tema es que llevamos ahí el regalo de los niños.
Por regalo quiero decir a su padre con un disparo en la jodida cabeza, señor agente.
—Ya...
—Y si lo abro lo verán, ¿entiende? Es Navidad.
—Claro, claro… —dijo devolviéndome una sonrisa de complicidad—. Está bien, está bien. Continúe.
—Gracias, señor agente. Buenas noches.
—Buenas noches a usted también, caballero.
El policía se apartó un par de metros del coche y nos indicó que podíamos continuar. Miré al Tuerto y pisé a fondo el embrague mientras miraba de reojo al agente. El Tuerto se giró hacia los niños haciéndoles su famoso gesto del degüello, utilizando el dedo pulgar como un cuchillo rebanándose la yugular. Los niños empezaron a llorar en silencio. Solté lentamente el embrague para salir de allí antes de que el policía se lo pensase mejor. El Tuerto se giró hacia mí y me guiñó el ojo, quedándose completamente sin visión unos segundos, perdiendo la noción del espacio y propinándome un pequeño pero suficiente golpe en el brazo que tenía sobre el cambio de marchas haciendo rugir el engranaje del coche con un ruido metálico que me hizo apretar los dientes.
—¡Quietos! ¡Deténganse! —gritó inmediatamente el policía.
Detuve el coche que apenas se había movido unos metros y el Tuerto cogió su revólver de debajo del asiento y lo metió en el bolsillo de su chaqueta. Los niños parecían aguantar las ganas de ponerse a gritar únicamente gracias a las efectivas amenazas del Tuerto y la promesa de que soltaríamos vivo a su padre. Obviamente no sabían que estaba en el maletero con un agujero en la cabeza del tamaño de una moneda de dos euros.  El policía se acercó de nuevo a mi ventanilla.
—¿Qué sucede, señor agente? —pregunté.
Pude sentir el dedo del Tuerto acariciando el gatillo de su revólver dentro del bolsillo.
—Olvidan su documentación, caballeros.
El policía me extendió los papeles.
—Muy amable, agente.
Se agachó y miró a los asientos traseros.
—Y vosotros, ¡sonreíd un poco! ¡Que es Navidad!

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